Construido hace 400 años en pleno centro de Santiago, el convento de San Francisco es un espacio de suspensión. Al introducirse en sus dominios, el transeúnte es transportado mágicamente a un estado otro. De pronto el afuera queda silenciado: desaparece el ruido de la calle traficada, se apagan las bocinas de las micros, se congela la velocidad del trámite urbano. Y el caminante se encuentra envuelto en una arquitectura de muros centenarios que en su interior guarda un trozo de naturaleza robado al cemento: hay árboles, pavos reales y una pileta con peces y tortugas. Entonces la mirada descansa siguiendo el movimiento fluido de los peces de colores, los pasos se vuelven más lentos y el cuerpo se acuerda de respirar.


Esta experiencia de infiltrarse en un espacio reservado y, muy especialmente, de observar allí la presencia de vida en el agua, articula la propuesta estética que Ángela Wilson instala en una de las salas del Museo, dialogando con una serie de fanales coloniales que contienen imágenes del niño Jesús. Son objetos delicados y misteriosos, que en su sentido y estructura replican la idea de área protegida, claustro y útero


La artista interviene este espacio reservado no para desestabilizarlo, sino para provocar el despliegue de tensiones y sentidos que lo animan. Ocupa esta sala de fuerte voltaje histórico y patrimonial haciéndose cargo de las presencias que la habitan, para tirar las hebras de secretas afinidades simbólicas, reactivando el pasado desde el presente.


El agua es materia prima en las imágenes que aquí presenta. Ellas combinan fotos de edificios patrimoniales con pinturas realizadas en lagos, ríos o mares; o que son producto de derrames, inmersiones y flotaciones. El agua, de este modo, es representación, pero también es fuerza generatriz que aparece y reaparece reiteradamente.


Desde sus primeros trabajos, Ángela ha explorado el inconsciente como subterráneo de la memoria, arquetipo de la madre y de la acuosa profundidad uterina. Zona cargada de imágenes que pulsan por emerger a la superficie de la obra, entendida como un mapa que reinterpreta los guiones invisibles de la vida.


Símbolo de la dualidad vida-muerte, en esta intervención el agua se extiende para abarcar otras tensiones que conforman la experiencia del espacio: afuera-adentro, arquitectura-naturaleza, pasado-presente. Dualidad que es también núcleo del arte colonial como producto del cruce y mestizaje entre la tradición europea de los conquistadores y los saberes arraigados en la cultura indígena local.


La dualidad, además, es condición de vínculo: la distancia o diferencia entre dos sentidos seduce al deseo de asociarlos. Ángela instala su práctica artística como un ejercicio de vinculación. Se trata de activar cruces entre símbolos al interior de la escritura artística, pero también de conectarse con el otro. Que el arte sea un espacio de resistencia al ruido contemporáneo que obstaculiza el diálogo y bloquea la atención, que sea una reserva física y mental, que permita la intersección de miradas, cuerpos y pensamientos




Catalina Mena, Santiago, Noviembre, 2018.