La esforzada pintura de Angela Wilson tiene por objeto establecer una relación de continuidad con la historia de la pintura y no en ruptura con ella, como ha sido el caso para todas las vanguardias. Ciertamente, no puedo dejar de abordar su pintura sin pasar por la lectura de Marc Devade, pintor y “teórico” del grupo Supports/Surfaces. Esto quiere decir que me remito a unos textos de los años setenta, que no dejan de tener relevancia en los debates encubiertos de hoy. Marc Devade, fallecido en octubre de 1983, hace mención a los pintores abstractos americanos y a los tratados de pintura china como sus referentes principales. Los tratados chinos lo introdujeron en el control del trazo, en medio de una singular tensión entre luz y liquidez. Sin embargo, Devade tiene unas excusas biográficas para ocuparse de la tinta china diluida en agua destilada: su propia afección renal que lo obliga a penosas sesiones de diálisis. Angela Wilson ha pasado por la experiencia de la abstracción americana, que se ha diluido en su propia biografía como si fuera su personal antigüedad clásica. El escurrimiento de la tinta y la vibración cromática obtenida por superposiciones de transparencia, evocan la serenidad de un gesto que recurre a la abstracción americana con el propósito de aniquilar el dibujo por efecto deductivo de una figuración desfigurada.


DCamille Saint-Jean, en su texto de introducción a los Escritos Teóricos de MARC Devade, publicados en 1989 por los Archives des arts modernes, señala lo siguiente: “La comparación que Devade hace (en seguida) está enteramente apoyada en la prohibición judaica del culto de los ídolos para el primero y la eucaristía católica para el segundo”. ¿Cuál es el sentido de mencionar esta cita? El de fijar un punto de amarre para la adscripción de la pintura de Angela Wilson a una práctica del retraimiento. La disolución representativa sigue las determinaciones de la gravedad sobre la expansión superficial de la tela. De este modo, se ubica en las antípodas deL Paño de la Verónica, pasando a negar toda representabilidad del cuerpo que no sea el enunciado de las emisiones corporales. La abstracción americana le agrega un sentido vagamente calvinista a la sobredeterminación católica, rebajando de manera punitiva el efecto invertido de la mancha. Pero aquí, Angela Wilson se rebela de manera muy tenue, delatando una sujeción respetuosa y no menos traumática respecto de un manchismo chileno clase-mediano depresivo, muy cercano a la versión couviana de Burchard. Todo esto, por cierto, sobrepasando incluso todo deseo de litigio, porque bajo esta consideración, la pintura de Angela Wilson exhibe condiciones de un ejemplar desfallecimiento. Por eso insisto en que la determinación de la cultura católica es una condición irrevocable en la retracción figural que habilita su pintura y que la conduce a practicar unas objeciones pictóricas de un carácter paródico de proporciones.


Me explico: todas estas pinturas provienen del trapeo de la imagen. La artista deviene fregona para limpiar el piso de la figuración. Recuerdo unas pinturas de José Balmes de los años ochenta en que pinta con una escoba sobre las telas dispuestas en el suelo. Su gesto se asemejaba al de un campesino cortando maleza. Angela Wilson traslada el barrido desde el campo a la ciudad y convierte su pintura en una actividad próxima al fregado con lejía. Lo que se imprime sobre la tela es el efecto de una hemorragia vaginal irregular que pone simbólicamente en crisis la condición matricial de la pintura. Pero a través de la posición disminuida de la matriz, lo que esta pintura pone en duda es la condición materna propiamente tal. La Madre, chilena, en pintura.


Algunos de ustedes recordarán un magnífico cuadro de Burchard (el viejo). Es una puerta pintada en azul añil, que se recorta sobre un muro de adobe de una hacienda chilena, semi-cubiertas de manchas vincianas. El azul designa ante todo una zona que indica la fragilidad de la propiedad. La pintura se anticipa para fabricar el relato de la falla de una cierta idea de hogar. Angela Wilson tomará el azul de su referencia para diluir la cita de la pintura y postergar la virilidad atribuida a un expresionismo literal de ostentación genital masculina. El olvido a la medida en esta historia consiste en recordar jocosamente la genitalidad pictórica ligada al expresionismo pictórico canónico de Juan Francisco González, por decir lo menos. Los patacones de óleo son de una virtuosa referencia seminal.





En esta situación he mencionado que Angela Wilson se ubica en las antípodas del Paño de la Verónica, porque borra las huellas del Retrato, para delimitar el campo de reparación del Trato que hace del objeto un cuadro, mediante un pacto de color. La veracidad del rojo que hace referencia a la hemorragia debe ser diluído por la conexión forzada con la pintura azul de Burchard, donde la zona en cuestión define la fragilidad ideológica de la hacienda chilena en el momento de su máxima puesta en duda.


Burchard fallece en 1964. Año clave para el destino de la propiedad y la tenencia de la tierra en Chile. El azul condensa y modifica el discurso de la irregularidad que amenaza, no solo, la hacendalidad chilena de la pintura. Angela Wilson diluye la rigidez del trazo convertido en cierre de propiedad y desparrama sobre la superficie el defecto cromatizado de toda interioridad, convertido en un río de tinta. Todo río de tinta cubre con el relato figurado, un río de sangre. En el río ¿del Olvido? se ahoga el fantasma intrauterino, que es una manera de decir que “ya estuvimos allí” y que debemos recurrir a la pintura para recordarlo.


Para esta exposición, Angela Wilson realizó varias series de pinturas a dominante roja, verde, azul, naranja y violeta. Atendiendo a la distribución de la sala, en el Instituto Cultural de Las Condes, escogió la serie azul, con algunas interferencias naranjas y verdes. La casa de origen no deja de ser un dato relevante por su patronalidad hacendal. Estas pinturas abstractas son un homenaje a la irregularidad. Esta palabra no solo está referida a la hemorragia como figura de una puesta en crisis de la facultad retentiva. En pintura, el cuerpo es (siempre) hipocrático. El rojo ha sido revertido en azul, porque este argumento le hace lugar a la madre, continente y contenido, punto de anclaje y fijación psíquica: la casa. El vientre es el paraíso. El azul, en esta fábula, es masculino. En la serie dominante el azul es el color de la descarga: espermático. Sin embargo, no materializa trazo eruptivo alguno porque se comporta como un factor de mancha que capitaliza el goce, a través de la expansión de-figurante de sus límites.


Bajo esta consideración, la pintura azul se reorganiza mediante acciones de fregado que la homologan a la lejía. La pintura deviene un trabajo doméstico que autoriza el traslado desde el campo a la ciudad a un contingente de niñas de mano, traídas para limpiar la casa. Este es un tema que ha sido traba(ja)do en la pintura chilena. Baste con mencionar una pintura de Pedro Lira en que una niña de mano limpia un ventanal con un trapo. Todo parece indicar que se trata de la ventana del living. Hay un mundo ahí afuera. Lira y González definen la lucha entre pintura oligarca y pintura plebeya.


Años más tarde –de esa pintura de Lira-, una marca de limpiador pondrá el énfasis no ya en los vidrios, porque la amenaza que estaba por fuera ya ha ingresado a la casa. La pintura chilena se revela como una práctica xenofóbica, en que todo lo que viene de fuera es sinónimo de infección cromático-material. Típico chileno: mantener a raya el arte moderno, que amenaza la toma del poder universitario de la pintura plebeya. Como digo, dejará de poner el acento en los vidrios y se va a concentrar en limpiar la cerámica de los baños. Igual: la niña de mano reemplaza a la lejía por el agente desgrasador y antibacteriano. Ya estamos lejos de la puerta azul de Burchard.


Angela Wilson no busca infractar sino asegurar una continuidad, que es la contiguidad del útero materno como un lugar del que (todos nosotros) podríamos ser expulsados una vez más. El azul es el miedo, en pintura, a regresar. Por eso, estas propias pinturas de Angela Wilson son la consumación del desague del sujeto que se destituye por olvido anticipado de su propia huella. De este modo, no puede ser más exacto que esta exposición tenga lugar en una casa patronal reconvertida en dispositivo de arte y cultura. No hay desborde, no hay desgaste, sino relocalización diluida del deseo de saber.



Justo Pastor Mellado.



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